Repasando la historia

Braian, Santa Eugenia, Cireneos

Yo tengo problemas en mi vida.

¿Vos tenés problemas en la tuya?

Creo que todos los tenemos.

En mi caso, me cuesta ignorar el llamado de los estímulos.

Amanecer sin revisar el celular, ducharme sin el parlante al mango o cenar sin mirar un videito de YouTube: sucesos extraños en mi día a día. Estos estímulos sobrecargan mi cabeza, y me quitan la concentración cuando más la necesito.

Pierdo el tiempo y se acumulan los proyectos personales y los exámenes de facultad.

Qué problemón, ¿no?

Quizás esta necesidad de estimulación se conecta causalmente con las decisiones que tomé en la adolescencia.

La ciencia afirma que el ser humano ejemplar debería moderar sus hábitos al menos hasta cumplir los 26 años de edad, para que su corteza prefrontal se pueda desarrollar tranquila… esto implicaría no consumir alcohol, tabaco y marihuana cuando uno tiene 16.

Aunque bueno, si también cometiste estos errores, te comparto un pique infalible: la culpa es toda de la corteza prefrontal.

Fuimos desafortunados y ahora estamo en esta. ¿Qué le vamo a hacer?

.

Por favor.

Como si no abundaran las excusas de este estilo.

Vivimos en una sociedad conformista, repleta de niños presos en los cuerpos del hombre.

¿Vas a ser otro de los tantos que invalida su potencial, justificándose con sucesos del pasado que no puede controlar? ¿Un esclavo de la culpa, existiendo por el simple miedo a morir?

Qué queda sobre la mesa para quienes vinieron de abajo, fumando tabaco a los nueve, con hojas de papel que arrancaron de la cuadernola del colegio.

Imagen tan desconcertante jamás había concebido.

Hasta que un amigo me mostró que es más común de lo que puedo imaginar.

A Braian lo conocí a la vuelta de las Pascuas Misioneras.

Me subí a aquel ómnibus determinado a sentarme solo; bien antisocial. Echarme a dormir un rato, aislado por los auriculares que tapaban mis oídos.

Pero me senté al lado de Braian y Esteban, los dos pibes de Santa Eugenia que vinieron a misionar con nosotros. Cuando me quise acordar, habíamos fijado la fecha para seguir entrevistando a este tercer testimonio en Cireneos.

Nos sentamos mano a mano y la conversación fluyó distinta.

Nuestro primer encuentro sobre ruedas hizo que mi mente perfilara de antemano a este gurí, ayudándome a conducir mejor esta segunda charla.

Además, Braian tiene solo 20 años – un tercio de la edad de mis otros dos entrevistados.

Gracias a él, ponerse en los zapatos de un vecino de Santa Eugenia nunca fue tan fácil.

Su historia también comienza desde el principio, con cuatro hijos y una madre.

En un hogar de tres hermanos, una hermana y mamá encargándose de todo; papá no estuvo ahí mucho tiempo.

Aquí encontramos al pequeño Braian, siempre tan analítico.

Nacido y criado en Santa Eugenia, él conoce el barrio como pocos. Sabe bien que, en estos lugares, la infancia es más corta y los problemas aparecen temprano.

“Para ese entonces era más grande, tenía otros pensamientos y andaba más rebelde con la mama.”

¿Cuánto años te crees que tiene en ese momento?

Si suponés que ronda los 13 o los 14, te entiendo perfectamente. “La edad del pavo, que linda es…”.

Lamentablemente,

“A los 9 años estaba quemando tabaco con hojas de la cuadernola.”

“11 o 12 fumaba porro de unas semillas que plantamos.”

“Era siempre el más chico, me encantaba salir de joda.”

“A los 13 /14 ya estaba en las peores.”

“Ahí es cuando empecé a delinquir, y a los 16 me privaron de libertad.”

Trágico. Siento que esa es la palabra.

Tal vez lo hayas hecho, pero quiero que pienses en vos mismo a los nueve años de edad.

Más fácil, si tenés un hijo o un sobrino, su cara se te viene a la mente fácilmente.

Visualicemos cómo él prende fuego esa hoja de papel de su cuadernito de la escuela, y compartamos la desesperación de su inocencia, que se asfixia lentamente bajo el alquitrán en los pulmones.

Este niño, con toda la vida por delante, hace lo que sabe.

Lo que es normal en el entorno.

No cuestiona; vive.

Como un perro

Esta no era la primera vez que pasaba.

Eran las 5 o las 6 de la mañana cuando llegaba a su casa, tras una gira intensa de tres días. Pronto para dormir, hasta que aparecieron un par de compañeros.

Con las llaves de la moto y una propuesta criminal en mano; los tres jóvenes perderían mucho aquel día.

Algunos la libertad, otros la vida…

Braian cayó preso y fue a parar a una cárcel local, en la que el ambiente es algo picado (por no decir otra cosa).

“O afilás un cuchillo – un cepillo de dientes – y quemás todo… o hacés conducta y te dan más libertad.”

Nuestro protagonista eligió esta última opción, que no solo le dió más libertades, sino que le habilitó el traslado a un penitenciario mejor.

“No quise estar encerrado como un perro, quise portarme bien.”

Habiendo tocado fondo, sólo podía ir hacia arriba. Nadó contra la marea, y fue a parar a una isla mejor.

En este otro penal, Braian hizo equinoterapia y boxeo. Canalizó sus energías hacia lo más lindo de la vida, y se dió un espacio de reflexión que solo podía fortalecer su personalidad.

Sus pensamientos se empezaban a enfocar hacia el futuro, porque si planeaba tener uno, esto iba a depender de él y nadie más.

“Estaba trancado ahí en mi celda, pensando que era el cumpleaños de mi madre… de mi hermana y de mi hermano.”

“Entré solo al Año Nuevo, viendo los fuegos artificiales tras las rejas.”

Parecería que esa noche, los más valientes también fueron los que más lloraron.

Más parecidos que los vecinos

Años de programación sistemática; identidades definidas por estímulos y carencias.

Eso somos, eso es lo que todo es.

Infinitas posibilidades dentro de un mismo código universal…

El idioma es aquello que me permite conectar con Braian, y es lo que le permite a Braian conectar con personas como yo.

Si nos encontráramos en un evento cerrado con otros 50 pibes de nuestra edad, 25 estereotípicos de Carrasco y 25 de Santa Eugenia, sólo las palabras podrían lograr que nos vayamos de ese lugar abrazados y no en ambulancia.

Y si yo tuviese que negociar con el líder de la banda opuesta, me gustaría que ese fuera el Braian. Un ser humano semejante, que le pone valor a sus vocablos.

“Porque antes era e, bo, ñery. Tres palabras que dominaban mi vocabulario y limitaban mi pensamiento.”

“Ahora puedo agarrar a cualquiera y decirle ‘vamo a sentarnos, vamo a ponernos cómodos’. Te aseguro que en media hora nos vamos a haber transmitido un montón de cosas, de esas que te quedan girando en la cabeza un buen rato.”

Si seremos parecidos con este broder.

No es poca la empatía que siento cuando observo sus muecas, y me doy cuenta que lo único que nos diferencia es la plata. Comprendo que su esencia es un reflejo de la mía.

Sus ojos también se han escondido de la mirada preocupada de un hermano.

Los dos conocimos esa agobiante impotencia masculina, de querer ayudar a tu mamá para solo tropezar y lastimarla.

Ambos sufrimos a merced de nuestro discurso interno, las largas noches dolorosas de lamento.

Y nuestro lenguaje se resume en resiliencia, porque confiamos en que existe un futuro mejor para quienes trabajan alineados con Jesús.

En mi caso, será con la escritura. Para Braian, Cireneos es el lugar en donde puede devolver a su comunidad; dándolo todo como jefe de la cuadrilla sanitaria en esta brigada laburante que hasta el cielo no va a parar.

La suerte… Dios… ha estado de nuestro lado.

Hemos recibido segundas oportunidades de seres increíbles, cuyo amor abrió las barreras del ego, dándonos el regalo permanente del tiempo y la experiencia.

Agradecemos cada día que tenemos, porque conocimos a alguien que se equivocó mucho menos y hoy ya no la puede contar.

“No me arrepiento de haber caído tantas veces, porque en todas tuve algo para aprender. Soy más fuerte por eso.”

“Prefiero donar mis órganos a que se sigan quemando como estaban siendo quemados.”

Es un éxito que hayamos llegado hasta acá… Braian, yo y otros tantos.

Milagroso, pero no casualidad. Se lo debemos a esos ángeles de la guarda que Dios colocó en nuestro camino; para que de manera sutil nos enseñen a caminarlo.

Cireneos del mundo y madres del universo, tenerlos es una bendición.

Su protección facilita el descanso por las noches.

Bajo las estrellas acarician nuestros hombros, mientras que en silencio repasamos nuestra historia.

 

 

 

Mathias Krell

Mathias Krell Levy


escrito por
Mathias Krell

Habiendo pasado los últimos años de su vida escribiendo artículos de índole espiritual y filosófico, Mathias se unió al equipo de Cireneos para narrar historias sobre lo que se vive entre los misioneros y las familias que reciben nuestro apoyo.

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